Historia de Vilcabamba

    Vicabamba en la Historia

    Cuando el virrey Toledo ordenó a su ejército que invadiera el territorio de los incas de Vilcabamba en 1572 ningún español había visitado todavía su misteriosa capital sagrada, Hatun Vilcabamba.

    Habían pasado cuatro décadas desde que Pizarro desembarcó en Tumbez e inició la conquista del imperio Inca. Los españoles conocían ya gran parte del territorio de Vilcabamba. Habían acumulado mucha información en dos grande intentos de invasión en periodos de guerra; y también en periodos de paz, cuando los incas de Vilcabamba permitieron la entrada temporal de negociadores, e incluso autorizaron la construcción de templos cristianos y la presencia de sacerdotes en su territorio. Pero nunca permitieron que ninguno de ellos llegara hasta Hatun Vilcabamba la gran capital sagrada que permanecía envuelta en un opaco velo de misterio

    Los españoles la llamaban Vilcabamba la Vieja, o Vilcabamba la Grande, y la imaginaban protegida por cumbres heladas y profundos barrancos. Lo más preocupante para ellos es que era símbolo vivo de la resistencia andina del cual emanaba la esperanza de reconstruir el imperio de los incas, lo que alimentaba el riesgo de una nueva rebelión.

    La conquista del enorme imperio inca por un grupo muy reducido de invasores había sido posible porque Pizarro aprovechó en beneficio propio la guerra civil y las profundas divisiones que habían fragmentado el Tawantinsuyo.  

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    Tras capturar por sorpresa a Atahualpa en Cajamarca, mientras se acumulaba el gran tesoro del rescate, Pizarro estudió durante meses la situación y las fuerzas de cada uno de los bandos enfrentados. Al fín decidió aliarse con los enemigos del Inca prisionero y lo ejecutó el 26 de julio de 1533 incumpliendo la promesa formal que le había hecho de respetar su vida y liberarlo si conseguía reunir el gran rescate pactado.

    Atahualpa desde su prisión en Cajamarca había ordenado el asesinato del Inca legítimo Huascar y su general Quisquis masacraba a los familiares del Inca y a sus partidarios.  Por todo lo cual en Cusco festejaron la ejecución de Atahualpa y aguardaaban la llegada de los españoles como liberadores.

     

     

    Nombramiento de Manco Inca y su gran rebelión

    Tras la ejecución de Atahualpa en Cajamarca, Pizarro nombró Inca a un hermano menor de Huáscar llamado Túpac Huallpa, o Toarpa.

    A continuación se puso en marcha hacia Cusco con su ejército y con el apoyo de grupos incas enemigos de Atahualpa y un contingente de guerreros huancas, chachapoyas y cañaris, combatiendo a los restos del ejército de Atahualpa. Pero su estrategia fracasó cuando el joven Toarpa murió antes de llegar a Cusco

    Cerca de Limactambo se presentó ante  Pizarro un joven llamado Manco que era hijo del Inca Huascar. Había huido de Cusco y se había ocultado en la montaña para no ser asesinado por los partidarios de Atahualpa. Ofreció su apoyo a Pizarro y marchó junto con él y sus tropas hacia Cusco donde fueron .recibidos como salvadores el 15 de noviembre de 1533. 

    Manco reclutó tropasos incas y junto con los españoles persiguió y combatió a los restos del ejercito de Atahualpa que permanecían en torno a Cusco durante varias semanas. 

     

    Nuevo Inca nombrado por Pizarro

    En diciembre de 1533 en una ceremonia solemne en Cusco Manco fue proclamado nuevo Inca y recibió la mascaypacha, la borla que representaba el poder imperial del Inca. Pero no se la impuso el Willac Umo, el sumo sacerdote como era tradicional, sino el Gobernador Francisco Pizarro.

    Los tesoros del Templo del Sol Qoriquancha ya habían sido expoliados para contribuir al rescate de Atahualpa; y los incas cusqueños no pusieron trabas a un segundo saqueo. Pero ocultaron a la voracidad de los españoles la pieza más sagrada, la figura de un niño de oro en tamaño natural que representaba a Punchao, el sol naciente. En cuyo corazón se guardaban cenizas de los corazones de los incas anteriores.

    Francisco Pizarro consideraba fundamental la alianza con Manco Inca para mantener el dominio de aquellos inmensos territorios. Pero la ambición imprudente de sus jóvenes hermanos y sus malos tratos al Inca provocaron una gran rebelión.

    En abril de 1536 Manco huyó de Cusco, declaró la guerra a los españoles y cercó Cusco con sus tropas. Tuvo la victoria al alcance de su mano durante meses con los Pizarro rodeados por sus tropas: Francisco, el Gobernador, asediado en Lima; y sus hermanos, Hernando, Gonzalo y Juan, en Cusco.

    Manco Inca estuvo muy cerca de la victoria. Sintió que dominaba la situación cuando su general Quizo Yupanqui destruyó las tres expediciones de auxilio enviadas por el Gobernador desde Lima al Cusco, con lo cual demostró que los caballos eran muy vulnerables si conseguían tenderles emboscadas en lugares abruptos. Consiguió eliminar a casi doscientos españoles del poco más de un millar que habitaban en todo el territorio del Tawantinsuyo.

    Pero todo cambió en el mes de septiembre cuando Quizo murió en un ataque a Lima. Pizarro contaba con un centenar de españoles y varios miles de aliados chachapoyas y cañaris; y recibió el refuerzo de tropas españolas enviadas por Alonso de Alvarado y guerreros de Huaylas enviados por su suegra la cacique Contarhucho, con lo que los incas tuvieron levantaron el cerco a Lima.

    Manco mantenía el cerco a Cusco, pero el regreso de Diego de Almagro desde Chile con un gran ejército invirtió la situación. Siempre había tenido buenas relaciones con Manco y le propuso una alianza contra los hermanos Pizarro, pero el Inca no se confió y tras algunos combates se retiró hacia Vilcabamba pensando en reagrupar sus fuerzas y preparar una nueva campaña contra los españoles. Mientras que Almagro ocupó Cusco y encarceló a Hernando y a Gonzalo Pizarro,

     

     

                                                               

     

                                                               

     

    Primeras entradas de españoles en Vilcabamba

    En junio de 1537 Manco Inca con treinta mil guerreros cruzó el paso de Panticalla -actualmente Abra Verónica- en ruta hacia Vilcabamba y se instaló temporalmente en el fértil valle de Amaybamba. Allí le sorprendió en el mes de julio el ataque del capitán almagrista Rodrigo Orgóñez quien hostigó a su ejército y le persiguió por el valle del río Vilcabamba hacia Vitcos, sin conseguir apresarlo.                                                     w15FRincaFre1

                                        Manco Inca en la "Fiesta de la Resistencia" en Vitcos 2019

    Manco inició Desde Vilcabamba una campaña de ataques contra españoles y sus aliados sobre todo en torno a la ruta entre Ayacucho y Cusco. Encabezó la resistencia contra los invasores del imperio, simbolizada en él mismo como más legítimo descendiente de los Incas del Cusco.  Los nevados y barrancos de la sierra le protegían militarmente de los ataques españoles. Y Hatun Vilcabamba se convirtió en el nuevo centro sagrado de los rituales y cultos de la religión andina, como un nuevo Cusco.

    Los españoles se enzarzaron en una cruenta guera entre los fieles al Gobernador Francisco Pizarro y los partidarios de Almagro.  Hasta la derrota de este último el 26 de abril de 1537 en la batalla de Salinas y su posterior ejecución.

     

    SEGUNDA ENTRADA DE ESPAÑOLES EN VILCABAMBA

    Tras esta victoria, en mayo y junio de 1537 Gonzalo Pizarro se internó en Vilcabamba por sorpresa con el apoyo de tropas incas mandadas por Paulo, otro hijo de Huáscar que fue siempre aliado de los españoles.

    Manco Inca  estaba en Vitcos y consiguió escapar hacia Hatun Vilcabamba, perseguido de cerca por las tropas de Gonzalo Pizarro. Quién resultó derrotado en una emboscada en un difícil paso con una gran roca en el valle del río Pampaconas, lo que le obligó a retirarse humillado.

    Gonzalo Pizarro no consiguió apresar a Manco, pero capturó a su mujer Kura Ocllo a quien ejecutó de modo innoble tras somerterla a tormento.

     

    Asesinato de Manco Inca en Vitcos

    EL ASESINATO DE MANCO INCA

    En 1544 siete españoles entraron en Vilcabamba como fugitivos y pidieron la protección de Manco Inca. Encabezaba el grupo Diego Méndez que era uno de los partidarios de Almagro que habían asesinado el 26 de junio de 1541 a Francisco Pizarro en Lima.

    Consiguieron ganarse la confianza del Inca e incluso practicaban con él algunos juegos. Cuatro años después, en enero de 1545, traicionando a quién les había acogido y protegido, asesinaron a puñaladas a Manco Inca en su palacio en Vitcos, intentaron matar también a su hijo y huyeron a caballo, pero fueron alcanzados por sus tropas y sus cabezas quedaron expuestas durante años como ejemplo para traidores.                                                                       

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    Sayri Tupac el segundo Inca en Vilcabamba

    Como sucesor de Manco fue designado Inca su hijo mayor, Sayri Tupac, quien tenía solo diez años, bajo la regencia de su tío Atoc Sopa.  Y el territorio vivió algún tiempo de paz mientras los españoles se enfrentaban en una nueva y sangrienta guerra civil por la rebelión encabezada por Gonzalo Pizarro contra las nuevas leyes que limitaban derechos y privilegios de los conquistadores y sus descendientes y contra los nuevos gobernantes designados por la corona.

    Tras la derrota y ejecución de Gonzalo Pizarro, el Presidente de la Audiencia Pedro de La Gasca reinició en 1948 negociaciones con los incas de Vilcabamba, con la colaboración de Martín Pando, un mestizo que dominaba el  quéchua. Y al año siguiente envió a Vilcabamba a Paullo, hermano de Manco Inca, con la misión de sellar un acuerdo de paz, pero enfermó gravemente en el viaje y tuvo que regresar a Cusco donde falleció.

    En 1551 viajaron a Vilcabamba Juan de Betanzos, el corregidor Juan Bautista Muñoz y el dominico Melchor de los Reyes, para negociar la paz en Pampaconas con el Inca Sayri Tupac. Y en 1552 Felipe II envió una carta al Inca reconociéndole como “señor natural de sus tierras” y ofreciéndole el perdón.

     

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    Pacificación con el Inca Sayri Tupac

    Las negociaciones de paz con Sayri Tupac y su regente iniciadas en 1551 en Pampaconas por Juan de Betanzos y el dominico Melchor de los Reyes, continuaron con el envío de una carta del rey Felipe II dirigida al Inca en 1552 en la cual le reconocía como "señor natural de sus tierras" y ofreciendo el perdon a todos sus partidarios.

    Sin embargo las negociaciones quedaron interrumpidas por la nueva rebelión de encomenderos españoles contra la corona encabezada por Francisco Girón durante un año hasta que fue ejecutado en Lima en 1554.

    El virrey Andrés Hurtado de Mendoza restableció los contactos con los incas de Vilcabamba y en 1557 partió de Cusco una nueva delegación presidida por Juan Sierra, acompañado de Juan de Betanzos el dominico Melchor de los Reyes y otras personas, para negociar un acuerdo de paz. Esta delegación salió de Vilcabamba cruzando el río Apurímac hacia Andahuaylas y siguió camino por Ayacucho hacia Lima para someter el acuerdo a la ratificación del virrey. Este prometió el perdón al Inca si abandonaba Vilcabamba antes de seis meses. Reconoció a Sayri Tupac el título de Adelantado en el valle de Yukay con el rico repartiiento de Oropesa y otras muchas propiedades.

    El Inca Sayri Tupac salió de Vilcabamba por Andahuaylas, escoltado por una comitiva de trescientos guerreros y viajó por Ayacucho hasta Lima donde fue recibido solemnemente el cinco de enero de 1558. Su litera ya no estaba cubierta de oro, sino de madera con adornos de brocados y pedrería. En Cusco recibió formación religiosa del agustino Juan de Vivero; quien a finales de ese mismo año le bautizó como Diego, su nuevo nombre cristiano. El Inca estaba casado con su hermana Cusi-Huarcay, de diecisiete años; y para cumplir los términos del acuerdo de paz, el rey Felipe II escribió personalmente al papa Julio III, pidiéndole una dispensa; tras lo cual el obispo Juan Solano casó cristianamente a los dos hermanos en la catedral del Cusco.

    A continuación Sayri Tupac se instaló en su palacio en Yukay, en el Valle Sagrado, con una renta anual de ciento cincuenta mil pesos, que era una fortuna en la época. Pero tres años más tarde, con veinte de edad, falleció de repente en su palacio y fue enterrado con solemnidad en una cripta del templo de Santo Domingo en Cusco, construido sobre el Qoricancha, el antiguo Templo del Sol de la capital sagrada Inca.

    El curaca de Yukay, el cañari Francisco Chilche, fue encarcelado durante un año acusado de haber envenenado al Inca, pero no se pudo probar su culpabilidad y quedó libre.

    Tito Cussi el tercer Inca en Vilcabamba

    Seguía viviendo en Vilcabamba el tercero de los cinco hijos que había tenido Manco Inca. Acusó a los españoles de haber provocado la muerte de Sayri Tupac y se proclamó Inca en 1561 con el nombre de Tito Cussi Yupanqui que significa “magnánimo” o “afortunado”.

    Para ello desplazó y destinó al culto solar al más legítimo heredero, Tupac Amaru, el cual, como Sayri, era el segundo hijo de Manco Inca y de su coya, o mujer principal. Pero, según algunos testimonios,Tito Cussi lo descalificó para el cargo llamándole uti, o tonto.

    Convirtió de nuevo en territorio de Vilcabamba en símbolo de la resistencia contra los españoles y grupos incas armados volvieron a atacar a los viajeros en la ruta entre Cusco y Lima.

    El corregidor del Cusco, Luzgardo Polo de Ondegardo, envió a Vilcabamba una delegación presidida de nuevo por Juan de Betanzos junto con Martín Pando para convencer a Tito Cussi de que su hermano Sayri había fallecido de muerte natural. Betanzos regresó pronto a Cusco pero el Inca obligó a Pando a quedarse con él en Vilcabamba como secretario.

    La situación era de desconfianza entre los dos bandos y se hizo más tensa cuando un encomendero descubrió en Xauxa depósitos de armas que se estaban fabricando en secreto para una gran rebelión prevista para el jueves santo de 1565. Alarmados los españoles encontraron más depósitos de armas en otros lugares. Estaban fabricando clandestinamente mazas, lanzas y armas tradicionales incas, además de espadas y otras armas de hierro elaboradas con técnicas metalúrgicas aprendidas de los españoles. Se proyectaba una rebelión generalizada, para la cual Tito Cussi había conseguido reunir a grupos tradicionalmente enfrentados con el objetivo común de expulsar a los españoles y reconstruir un nuevo Tahuantinsuyo habitado solo por indios y mestizos.

    El nuevo virrey, Diego López de Zúñiga, envió cartas a Tito Cussi para convencerle de que Sayri no había sido asesinado, e intentó negociar en 1561. A Zúñiga le sucedió en 1564 Lope García de Castro, sin rango de virrey pero con títulos de Gobernador y Capitán General, el cual envió a Vilcabamba a su tesorero García de Melo para rogar al Inca que saliera en paz. Pero en 1565 informó al cabildo de Cusco que la negociación con el Inca no avanzaba y que continuaban los ataques de grupo incas contra hacendados españoles y viajeros.

    El cabildo estaba dividido. El encomendero Gaspar de Sotelo, afectado por las incursiones incas, y el corregidor Juan Sandoval, eran partidarios de hacer la guerra para someter a los incas de Vilcabamba.

    En marzo de 1565 Sotelo acusó ante el cabildo a Tito Cussi de estar vinculado a una rebelión de caciques; y acordaron prepararse para un ataque si fallaba un nuevo intento de negociación.  Para el cual enviaron  a Vilcabamba otra delegación presidida por Diego Rodríguez de Figueroa, quien explicó en su Relación que pasó por Picchu, se alojó en el fuerte de Condormarca, cerca del Urubamba, al pie de un nevado; pasó por Lucma y por Vitcos, donde vió expuestas las cabezas de los siete españoles que asesinaron a Manco Inca.

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                                                                                             Vitcos

    Desde Vitcos siguió camino hasta el pueblo de Arancalla, o Rangaya, que tenía un centenar de habitantes y estaba a “dos leguas de Lucma. Desde allí viajó hasta Pampaconas donde el Inca exhibió su poder con un desfile de sus fuerzas y sus aliados de tribus selváticas.

     Junto con las tropas incas desfilaron ante el enviado español setecientos indios amazónicos con arcos, flechas y mazas, los cuales hicieron reverencia al Sol y al Inca.

    Diego Rodríguez de Figueroa escribió en su informe posterior que algunos de estos indios amazónicos aliados de Tito Cussi le amenazaron con gestos con matarlo y comérselo. Pese a toda esta representación las conversaciones de paz avanzaron y consiguió que Tito Cussi aceptara reunirse en el puente de Chuquichaca con Juan de Matienzo, como oidor y representante del virrey.

    Guerra y paz con el Inca Tito Cussi

     El encuentro entre el Inca Tito Cussi y el oidor Matienzo en Chaullay fue muy solemne. 

    Matienzo acudió a la entrevista con espada y arcabuz y describió a Tito Cussi como “un hombre de unos treinta y tres años, muy bien tratado y entendido…de mediana estatura, moreno y con unas pecas de viruela en la cara, el gesto algo severo y robusto”. El Inca vestía un traje ceremonial con un tocado multicolor de plumas, con diadema y pectoral,  máscara de colores y placa de plata en el pecho. Completaba su atuendo con lanza corta, daga y escudo de oro.

    El Inca entregó al representante del Rey dos documentos que había dictado a su secretario Martín Pando. En uno exponía sus condiciones para abandonar Vilcabamba y en el otro relataba las afrentas de los españoles contra él mismo y contra su padre Manco Inca, cuyo asesinato había presenciado siendo niño.

    Se declaraba dispuesto a vivir en Yucay y aceptaba que entraran en Vilcabamba varios sacerdotes y un corregidor español como autoridad civil. El Inca justificaba los ataques contra los españoles por la necesidad de alimentos para su pueblo, pedía suministros y se mostraba dispuesto a firmar la paz. Los españoles insistían en que con la firma del acuerdo de paz abandonara su refugio pero Tito Cussi quería permanecer en Vilcabamba conservando en su poder algunas ciudadelas, con especial interés por Vitcos y Rangaya.

    Se detectó en aquel tiempo un movimiento de tipo religioso anticristiano, llamado takiy ongoy”, o “tanquiongo”, que se extendía por las provincias centrales desde Ayachucho hasta La Paz, el cual propugnaba el retorno de los dioses andinos y la expulsión de los españoles. El “takiy ongoy” se basaba en una visión cíclica por la cual, tras el dominio del dios cristiano, se anunciaba el retorno de los dioses andinos y las huacas. Sus seguidores practicaban bailes y canciones rituales con lamentos que invocaban a las deidades andinas tradicionales, recuperando cultos pre-incas mezclados con algunos cultos cristianos. Tenía su origen en el desconcierto y desánimo de la población quechua cuyo mundo se había tambaleado por la invasión que sustituyó de repente sus dioses y sus creencias más arraigadas por otros cultos impuestos por los invasores extranjeros.

    La situación era de desconfianza entre los dos bandos y se hizo más tensa cuando un encomendero descubrió en Xauxa depósitos de armas que se estaban fabricando en secreto para una gran rebelión prevista para el jueves santo de 1565. Alarmados los españoles encontraron más depósitos de armas en otros lugares. Estaban fabricando clandestinamente mazas, lanzas y armas tradicionales incas, además de espadas y otras armas de hierro elaboradas con técnicas metalúrgicas aprendidas de los españoles. Se proyectaba una rebelión generalizada, para la cual Tito Cussi había conseguido reunir a grupos tradicionalmente enfrentados con el objetivo común de expulsar a los españoles y reconstruir un nuevo Tahuantinsuyo habitado solo por indios y mestizos.

    El gobierno colonial reaccionó contra este grave peligro y las autoridades eclesiásticas enviaron extirpadores de idolatrías, entre ellos el riguroso canónigo Cristóbal de Albornoz encargado de operar en la región del Cusco. Según sus conclusiones el “takiy ongoy” era un movimiento difuso y sólo consiguieron identificar a uno de sus dirigentes llamado Juan Choche.

     

    El tratado de "paz perpetua" en Acobamba

    Para la firma del tratado de "paz perpetua" con la corona española el Inca Tito Cusi escogió Acobamba un lugar sacralizado por su ubicación a los pies del Apu Choquezafra y de su esposa o apu femeninol Chontawilka.

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                                                       El apu Choquezafra desde Acobamba

                                                                   

    Acobamba y el tratado de "Paz perpetua"

    Combinando la diplomacia y las promesas con las amenazas de ataques militares, se  llegó a la  firma del tratado de “paz perpetua” entre la corona española y el Inca, suscrito en Acobamba el 24 de agosto de 1566.

    El Inca aceptó ser vasallo del rey de España, se comprometió a mantener la paz y a recibir a dos frailes misioneros en Vilcabamba. Pero exigía compensaciones. Vinculaba su cumplimiento a la negociación de las rentas que recibiría el Inca y al matrimonio de una niña de ocho años a la que nadie había pedido opinión.

    La princesa Beatriz Clara Coya, hija y riquísima heredera del Inca Sayri Tupac, nacida en 1558 cuando sus padres se instalaron en Yucay, debía casarse con el hijo del Inca Tito Cussi, Quispe Titu de nueve años. Para lo que era necesaria una dispensa papal por la cosanguinidad de los contrayentes.

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                                     Restos incas en Acobamba al pie de la cara sur del Apu Choquezafra

    El lugar elegido por Tito Cussi para la firma de este importante tratado no fue casual. Necesitaba reforzar su sacralidad e invocar la protección de los apus y escogio Acobamba, ubicada entre el apu principal de su territorio, el Choquezafra, y su apu femenino el Chontawilka. 

    Algunos capitanes incas no estaban de acuerdo con aquel tratado de paz, en el cual se aseguraba un confortable futuro para el Inca y para su hijo pero a ellos no les ofrecía ninguna compensación por los años de guerra.

    La pacificiación de Vilcabamba era un asunto de estado y Felipe II ordenó al embajador en Roma que pidiera permiso al Papa para el matrimonio de Felipe Quispe y Beatriz Clara argumentando que  son “hijos de cuatro hermanos que se casaron siendo infieles, a la costumbre de su infidelidad y porque ahora conviene que se casen en haz y paz de la Santa Madre Iglesia (…) y de su casamiento redundará gran servicio  a Dios Nuestro Señor y quietud y paz de aquellos naturales y de los demás españoles”.

    Atendiendo al interés político de la cuestión,el Papa Urbano VI concedió la necesaria  "dispensa" y autorizó este matrimonio. Tras lo cual Felipe II ratificó el tratado de Paz de Acobamba el dos de enero de 1569.

    Vista general Acobamba rotulada

    Los restos en Acobamba fueron investigagos por arqueólogos del ministerio de cultura del Perú en 2017. Desd aquel lugar hacia el oeste se divisa Incahuasi y al fondo, tras el profundo cañón del río Apurímac, el Apu Otarqui, en el macizo de Chungui ya en tierras de Ayacucho.

    Vista Oeste Incahuasi Otarqui

    Predicación cristiana en Vilcabamba

    Mientras se desarrollaban las negociaciones del acuerdo de paz con el Inca Tito Cussi y a la espera de su ratificación por el rey Felipe II, se pactó una tregua en la que ambas partes hicieron concesiones.

    Los españoles aceptaron que Tito Cussi continuara en Vilcabamba manteniendo como encomendados a los indios que habían buscado refugio en su territorio. Y el Inca comprometió a a recibir a dos frailes misioneros en Vilcabamba. 

    Los primeros clérigos enviados a Vilcabamba fueron los sacerdotes Antonio Vera y Francisco de las Veredas, los cuales construyeron una iglesia en Carco al sur de la sierra de Vilcabamba.

    Diego Rodríguez de Figueroa fue nombrado corregidor y justicia mayor de Vilcabamba y en un acto solemne en presencia del Inca, el nueve de julio de 1567, instaló una cruz de madera en Carco en medio de la plaza del pueblo junto a la iglesia y la horca en lo alto de un cerro.

    Dos semanas después, en aquel mismo templo, el padre Antonio de Vera bautizó al hijo del Inca como Felipe Quispe Titu.

    En agosto de 1568 regresó a Cusco el padre Vera y entraron en Vilcabamba los frailes agustinos Juan de Vivero y Marcos García. Enseñaron al Inca el catecismo cristiano durante dos semanas y le bautizaron junto con su esposa principal, con la cual contrajo matrimonio católico. Vivero y  Anaya regresaron a Cusco dejando solo en Vilcabamba a fray Marcos, el cual fundó otra iglesia en Pucyura. 

    Fray Marcos García era un hombre muy riguroso y chocó con las prácticas andinas. Prohibía las visitas a las huacas, amenazaba a sus fieles con discursos apocalípticos y castigaba con azotes a quienes sorprendía practicando ritos tradicionales. Reprendía severamente al Inca y le acusó de bigamia cuando, después de su matrimonio cristiano, tomó como segunda esposa a la ñusta Angelina Llacsa, la cual ya había sido bautizada. El fraile esperaba la conversión en masa de sus fieles pero su predicación no surtía efecto.

    Un año después del bautismo del Inca, en septiembre de 1569, llegó a Vilcabamba otro agustino, fray Diego Ortiz, que era hombre de talante más abierto. Se ganó la simpatía del Inca, quien le autorizó a construir una segunda iglesia en Huarancalle, donde predicaba con discursos más tolerantes que fray Marcos y además ejercía como médico para algunas dolencias de sus fieles.

    La antipatía contra fray Marcos crecía, él sospechó que intentaban envenenarle y se puso en camino hacia Cusco sin pedir autorización a Tito Cussi, el cual se enfureció y ordenó que le obligaran a regresar.

    Los frailes sabían que a pesar del bautismo del Inca y su famila continuaban los cultos andinos en un lugar sagrado en un de la sierra adonde no les permitían acercarse llamado Hatun Vilcabamba. Los frailes decían que era la "universidad de las idolatrías"  y pedían al Inca de modo insistente que les dejara ir a conocer aquel lugar.

    A comienzos de 1570, en lo más duro de la temporada de lluvias, el Inca  visitó a los dos frailes en Pucyura y les dijo que le acompañaran para conocer Hatun Vilcabamba

    En realidad Tito Cussi quería desanimarlos y les llevó dando un rodeo por un camino más sacrificado que la ruta habitual. Según la narración de Calancha: "El Inca viajaba cómodamente en su litera", mientras los religiosos tenían que seguirle a pie con evangelios, biblias y crucifijos bajo la lluvia por sendas llenas de barro y resbaladizas.

    Tuvieron que cruzar ríos y zonas encharcadas entre las burlas de los guardianes del Inca y después de tres jornadas de camino extenuante les obligó a detenerse en Marcanay. Sabían que estaban ya muy cerca de Hatun Vilcabamba, pero nose  les permitió acceder a la capital sagrada inca.

    Permanecieron allí durante ocho días que aprovechó Tito Cussi para dictar una larga carta dirigida al virrey en la que explicaba cuales eran sus pretensiones y exponía los agravios recibidos de los españoles. Este documento, titulado Relación,  fue dictado en quechua, traducido por fray Marcos y copiado a mano por Martín Pando, el cual ejercía como secretario del Inca. Al concluir su redacción, el seis de febrero de 1570, firmaron como testigos fray Diego y varios capitanes incas. 

    El Inca estaba harto de los sermones de los frailes contra sus costumbres tradicionales y sus prácticas sexuales, ya que seguía conviviendo con varias esposas. Decidió poner a prueba la castidad de los clérigos y les envió a algunas hermosas mujeres que intentaron seducirles. Fray Antonio de la Calancha describió en su crónica con expresivos detalles este episodio en el que, por orden del Inca, se aproximaron al lecho de los frailes durante la noche “las mas gallardas y sin duda serían las indias mas lascivas”. Las cuales, en días sucesivos, usaron mil mañas para intentar seducirlos y acostarse con ellos, sin conseguirlo según el cronista.

     “Todo lo que el demonio les supo enseñar ejercitaron las indias, valiéndose de los mayores engaños de la sensualidad y los mayores donaires de la disolución” según la crónica de Fray Antonio de la Calancha, quien aseguró que todo aquel despliegue de sensualidad fue inútil, porque los religiosos las rechazaron con lo que “triunfaron sobre aquellas centellas del infierno, novicias del engaño y profesas de la lujuria”.

    Los frailes regresaron a Pucyura decepcionados por no haber podido conocer Hatun Vilcabamba y decididos a renovar su combate contra los cultos que consideraban impíos. Empezaron por el santuario Yurac Rumi, o Piedra Blanca, conocido también como Chuquipalta, que se encontraba muy cerca de Vitcos y de Pucyura.

    Fray Marcos convocó a muchos indios cristianizados y después de un encendido sermón les ordenaron que amontonaran leña en el santuario y le prendieran fuego para quemar al demonio que habitaba allí dentro.

    Tras este atentado contra un lugar sagrado andino se concentró una multitud y algunos querían matar a los frailes. Tito Cussi se enfureció y expulsó a fray Marcos de su reino, aunque permitió que fray Diego permaneciera impartiendo doctrina en su iglesia de Huarancalle, cuya ubicación no ha sido identificada con seguridad.      

    Según Calancha “Dos o tres jornadas avia de distancia de un Convento a otro”. Esto es, de Pucyura a Guarancalla. Por lo cual Raimondi, en su viaje a Vilcabamba en el siglo XIX, identificó Guarancalle como Guarancalque, al noroeste de Choqqeqquirao, pero no se ha encontrado evidencia que lo pruebe.

    El Inca no se fiaba de los españoles y además conocía el malestar de algunos de sus capitanes que se oponían a aquel tratado de paz y eran partidarios de continuar la guerra hasta sus últimas consecuencias. El el acuerdo de paz de Acobamba se reconocían muchas concesiones a Tito Cussi, pero no había ninguna compensación para sus capitanes y quienes le habían apoyado y servido durante años.

    Repentina muerte de Tito Cussi

    En 1570 se presentó ante el Inca un español llamado Romero, el cual le pidió autorización para buscar oro en su reino y al poco tiempo volvió para mostrarle algunas pepitas que había encontrado. Tito Cussi temió que este hallazgo podría animar a los españoles a invadir su territorio, ordenó que mataran al minero y que arrojaran su cuerpo a un río. Cuando fray Diego Ortiz lo supo, se dedicó a buscar el cadáver para darle sepultura cristiana, hasta que Tito Cussi le amenazó con la muerte si intentaba recuperar el cuerpo.

    Quienes le conocieron describieron a Tito Cussi como un hombre emotivo, el cual podía enfadarse mucho y recuperar al cabo de un rato el tono amistoso y mostraba con frecuencia la cicatriz de la herida que le hizo con su lanza un español cuando presenció el asesinato de su padre.

     En mayo de 1571, al cumplirse veinte años del asesinato de Manco Inca, Tito Cussi fue a Vitcos, y permaneció todo el día llorando y realizando rituales en su memoria en el lugar del magnicidio. Al terminar la jornada se puso a practicar con la espada con su secretario Martín Pando. Sudaba copiosamente y comenzó a sentirse mal. Según Calancha, bebió chicha abundante, se durmió y despertó con un fuerte dolor en el costado y con la lengua hinchada. Sangraba por la nariz, vomitaba y le dolía el pecho. Fray Diego Ortiz le asistió tratando de curarle. Sus sirvientes le dieron un brebaje medicinal pero su estado no mejoró. Martín Pando le preparó una clara de huevo batida con azufre, esperando que este remedio detuviera las hemorragias; pero el Inca empeoró y falleció al día siguiente provocando una gran conmoción. Pudo ser una muerte natural, o pudo ser envenenado por alguno de sus capitanes que se oponían al acuerdo de paz. No es posible saberlo con certeza.

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                                                                      Fiesta de la Resistencia 2019 en Vitcos

    Una de las esposas del Inca comenzó a dar gritos diciendo que los españoles lo habían matado y Martín Pando fue apresado y muerto de inmediato. Golpearon a fray Diego, le exigieron que dijera misa para resucitar al Inca muerto y al no conseguirlo decidieron llevarle hasta Hatun Vilcabamba para que el nuevo Inca decidiera sobre su destino.

    Según la descripción de Martín de Murúa, llevaron al fraile: “descalzo semidesnudo y atormentándolo hacia el interior de Vilcabamba y dándole mil tormentos lo llevaron hasta Marcanay..”

    El tormento de fray Diego Ortiz duró tres días y finalmente murió por un golpe de hacha en la cabeza. Le enterraron en Marcanay cabeza abajo, atravesaron su cuerpo con una lanza y lo cubrieron de sal, para evitar que después de muerto pudiera alzar los brazos para pedir ayuda divina; ya que habían observado que al decir misa elevaba los brazos al cielo. Las iglesias de Vilcabamba fueron arrasadas y los instrumentos del culto cristiano destruidos.

     Tito Cussi quería que le sucediera en el trono su hijo adolescente Quispe Tito, pero sus capitanes y los jefes religiosos acordaron que ocupara el trono su hermano Tupac Amaru, de treinta años de edad. Era hijo de Manco Inca y de su coya, por tanto el descendiente más legítimo entre sus cinco hijos, pese a lo cual había sido desplazado por Tito Cussi y estaba dedicado al culto solar.

    Tupac Amaru recibió de sus capitanes la mascaypacha, la borla imperial que simbolizaba el poder absoluto; aunque probablemente no tenía un control real sobre su pequeño y aguerrido ejército que dirigía Wallpa Yupanki, el cual ordenó cerrar el paso por el puente de Chaullay sobre el río Vilcanota y por los dos puentes que cruzaban sobre el río Apurímac en Curamba y Usampi. Con lo que el reino de Vilcabamba quedó incomunicado con el exterior.

    Guerra y destrucción de Hatun Vilcabamba

     Los españoles ignoraban que el Inca Tito Cussi habia muerto en Vilcabamba cuando llegó a Cusco el documento en el que Felipe II ratificó los acuerdos de paz de Acobamba, junto con la licencia papal para el matrimonio del hijo de Tito Cussi con la hija de Sayri Tupac.

    El veinte de julio de 1571 el virrey Toledo pidió al prior de los dominicos del Cusco, Gabriel de Oviedo, que llevara ambos documentos al Inca Tito Cussi, ignorando que había fallecido. Oviedo se aproximó a Vilcabamba por el sur, desde Limactambo hasta el río Apurímac. Envió a cuatro servidores indios para anunciar su presencia y no regresaron. Tres semanas más tarde envió a otros dos y regresó sólo uno con heridas en la cabeza y el estómago; por lo que el prior volvió a Cusco sin saber por qué se habían cerrado las fronteras de Vilcabamba.

    El virrey se impacientó por la falta de respuestas y escribió otra carta al Inca en la que le advertía que si no salía a bien lo sacaría por la fuerza de las armas”.

    Atilano Anaya representaba a Tito Cussi como mayordomo para sus negocios en Cusco y se ofreció voluntariamente a llevar el mensaje del virrey. En marzo de 1572 se encaminó por la ruta que a través del paso de Panticalla y del valle de Amaybamba conducía al puente Chaullay. Los guardianes del puente le permitieron cruzar, pero esa misma noche lo mataron a lanzadas y arrojaron su cuerpo en una quebrada.

    Un criado negro regresó con la noticia y el virrey Toledo, que consideraba vigente el acuerdo de pacificación suscrito con Tito Cussi, se sintió traicionado por el asesinato de su mensajero. Declaró oficialmente la “guerra a sangre y fuego” y organizó un ejército.

    El 15 de abril partió desde Cusco Pedro Sarmiento de Gamboa, con una pequeña tropa integrada por españoles y cañaris. Cruzaron el Urubamba en Chaullay, o Chuquillusca, combatieron contra los capitanes incas Awkailli y Quispe Yupanqui, reconstruyeron el puente sobre el río Vilcanota, tomaron posiciones al otro lado y ocuparon el fuerte de Condormarca, esperando la llegada del ejército que se reunía en Cusco.

    Bajo el mando de Martín Hurtado de Arbieto, el ejército se puso en marcha en el mes de Mayo, integrado por doscientos cincuenta españoles, con el curaca cañari Francisco Chilche como “capitán mayor de los indios de guerra”, al frente de un contigente de más de dos mil indios aliados entre los que había quinientos cañaris y mil quinientos incas cusqueños bajo el mando de Cayo Thupa.

    El grupo principal entró en Vilcabamba por el puente Chaullay; mientras que otros dos destacamentos controlaban las salidas de Vilcabamba hacia el sur para impedir la huida del Inca. Setenta hombres bajo el mando de Gaspar Arias Sotelo entraron en Vilcabamba desde Abancay cruzando el río Apurímac por el puente de Curamba hacia Carco, y un tercer grupo de cincuenta, mandados por Luis de Toledo Pimentel, cruzó el Apurímac por Mayomarca y el puente de Usampi hacia Osambre.

    Los incas presentaron batalla en Quinocaray, Tarquimayo y Cuyaochaca, pero tuvieron que replegarse y no pudieron evitar que el ejercito de Hurtado de Arbieto llegara hasta Vitcos y después ocupara Pampaconas, donde se les unieron las tropas mandadas por Sotelo y Pimentel y descansaron durante ocho días para preparar la ofensiva final para conquistar Hatun Vilcabamba.

    Desde Pampaconas se pusieron en marcha sin encontrar en principio resistencia militar, sólo hallaron a su paso muchas ofrendas rituales y animales sacrificados. Y desde el alto paso de Ushnuyoc descendieron hasta alcanzar el valle del río Pampaconas. Siguieron el curso del río hasta un lugar con una gran roca junto al río, donde Gonzalo Pizarro había sufrido una emboscada. Para evitar el riesgo de un ataque en aquella abrupta ladera  se metieron en el agua y caminaron por el cauce del río hasta superar aquel paso peligroso.

    Los incas habían preparado una terrible emboscada para destruir al ejército atacante, pero los españoles fueron advertidos por un orejón llamado Puma Inca. Aunque hay dos versiones sobre este episodio.

    Según Sarmiento de Gamboa, Puma Inca fue capturado tras un combate el lugar de Anonay y descubrió la estrategia de los incas.

    Mientras que, según Martín de Murúa, Puma Inca “salió a dar obediencias” y su colaboración fue voluntaria. Escribió que al llegar los españoles a un lugar llamado Patibamba salió a su encuentro un orejón llamado Puma Inca el cual les advirtió de que estaban a punto de caer en una terrible emboscada, porque los incas habían dispuesto gran cantidad de piedras en las laderas de la montaña para arrojarlas sobre el ejército atacante en un lugar donde “había un río caudaloso a la vera del camino”, al tiempo que quinientos indios ocultos en la vegetación les dispararían sus flechas.  

    Hurtado de Arbieto detuvo el avance de su ejército y envió montaña arriba de madrugada al capitán Martín de Loyola con cinco arcabuceros veinticinco rodeleros y cincuenta indios cañaris. Los cuales escalaron el barranco, sorprendieron a “los indios que tenían fortificadas las alturas[3]; y disparando sus arcabuces conquistaron el fuerte de Wayna Pukara el ventiuno de junio y a continuación el fuerte de Samanaua y el de Machu Pukara.

    En el primer informe enviado al virrey Toledo el alférez real Pedro Sarmiento de Gamboa explicó que el grueso del ejército avanzó por el valle del río Pampaconas, mientras un pequeño destacamento se abría paso por las alturas, por el llamado “camino de los fuertes”, donde los incas tenían fortificado “tres cuartos de legua” antes de Wayna Pukara, y a un “tiro de arcabuz” de este fuerte, habían puesto muchas “puntas de palma untadas con veneno”.  El ventiuno y el ventidós de junio tomaron los fuertes atacándolos desde las alturas y  conquistaron las últimas fortificaciones: Wayna Pucara, Hatun Pukara y Machu Pukara. Precisa Sarmiento de Gamboa que había un fuerte con “una pared de doscientos pasos de largo y dos de ancho…almenado con adobes y piedras abundantes con cuatro cubos” [4].

    Tras ocupar estas fortalezas incas los españoles ya tenían el paso libre y avanzaron hasta Marcanay donde acamparon la noche del ventitrés de junio. Era el lugar donde había sido martirizado y enterrado fray Diego Ortiz, el cual estaba, según Calancha, a “dos leguas” de Hatun Vilcabamba y de doce a quince “leguas castellanas” del pueblo de Pucyura.

    Durante la noche vieron el resplandor de un gran incendio. Ante la inminente entrada de las tropas españolas, los incas habían prendido fuego a Vilcabamba la Grande para intentar esconderse en las montañas o en la selva.

    El venticuatro de junio, día de San Juan  Bautista, solsticio de invierno en el hemisferio austral, e Inti Raymi para los incas, los españoles entraron triunfalmente en Vilcabamba a las diez de la mañana, todos a pie porque el terreno no permitía el uso de caballos. Explica Murúa que Hatun Vilcabamba “es tierra asperísima y fragosa y no para caballos de ninguna manera”.[5]

    Según Murúa y Calancha la capital sagrada inca estaba a quince leguas castellanas del pueblo de Pucyura y a “doce más o menos” de Pampaconas. Encontraron la ciudad humeante ya que habían quemado las casas del Inca y los depósitos de alimentos. Aunque habían respetado otras cuatrocientas viviendas.

    Pedro Sarmiento de Gamboa  clavó “en medio de la plaza una cruz, tomando posesión de esta urbe en nombre del rey de España”. A continuación, Martín Hurtado de Arbieto, siguiendo instrucciones del virrey Toledo, prometió dar en matrimonio a quien prendiese al Inca a la princesa Beatriz, hija y heredera de Sayri Tupac. La misma a la que poco antes querían casar con el hijo de Tito Cussi, con permiso especial del Papa.

    El Inca dispersó a su gente en distintas direcciones y huyó hacia el norte buscando refugio en la selva amazónica. Pero tras siete días de persecución fue alcanzado por un grupo de españoles, mandado por el capitán Martín de Loyola, junto con el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa y once soldados.

    Tupac Amaru fue capturado a cincuenta leguas de Hatun Vilcabamba cuando estaba a punto de embarcarse en una canoa para huir por el río Picha, rumbo a su confluencia con el Urubamba, con intención de refugiarse en el profundo y desconocido territorio de los pillkosuni con los que mantenía alianzas.

    El objeto más preciado capturado por los españoles en Vilcabamba fue la estatua de oro de un niño de tamaño natural, que representaba a Punchao, el sol naciente, la cual conservaba en su corazón cenizas de los corazones de los Incas anteriores. Ocupaba un lugar principal en el  Qoricancha, la Casa del Sol en Cusco y había sido ocultado cuando los españoles se llevaron todo el oro.

    El botín se repartió entre los participantes en la campaña de acuerdo con sus méritos. Y la imagen de Punchao fue enviada a España con otros objetos de valor. Fue mostrada a Felipe II y posteriormente fundida. De ella sólo nos quedó el dibujo en el que Huamán Poma de Ayala representa las estatuas de Punchao y Mama Quilla con Tupac Amaru encadenado.

    Ejecución de Túpac Amaru el último Inca

     El ventiuno de septiembre Hurtado de Arbieto entró triunfalmente en Cusco llevando a Tupac Amaru sujeto  con una cadena de oro al cuello; junto con familiares y capitanes del Inca y los cuerpos embalsamados del primer y tercer Incas de Vilcabamba. Mostraba como trofeo la figura de oro de un niño en tamaño natural que representaba a Punchao, el Sol naciente, en cuyo interior se guardaba el polvo de los corazones de los Inkas; junto con el ídolo de plata de la Luna, Mamaquilla, y un valioso botín de plata, oro y piedra preciosas.

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    Grabado Guamán Poma de Ayala: Tupac Amaru encadenado con imagen de Punchao y de Mama Quilla.

     

    El Inca fue encerrado en el palacio de Qolcampata, sometido a un rápido juicio de solo tres días, tras los cuales fue condenado a muerte en una sentencia firmada por Gabriel Loarte como presidente del tribunal. El obispo de Cusco imploró al virrey que no ejecutara la sentencia pero no consiguió ablandarle. Toledo estaba decidido a ejecutar al Inca, aunque no había ninguna evidencia de que hubiera sido él quién ordenó la ruptura del acuerdo de paz.

    Propusieron a Tupac Amaru el mismo terrible dilema que treinta y nueve años antes habían ofrecido a Atahualpa. Si aceptaba el bautismo moriría rápidamente, si no, sería quemado entre horribles dolores sabiendo además que, de acuerdo con su convicción religiosa, su alma no podría encontrar al cuerpo en el mundo de los muertos. Tupac Amaru evitó la hoguera y recibió los sacramentos cristianos de bautismo y confirmación de manos del obispo de Cusco.

    -“Justicia está hecha” escribió el virrey a Felipe II el venticuatro de septiembre, pero fue el uno de octubre cuando un guerrero cañari cortó la cabeza del Inca –, según el acta firmada por el secretario del virrey Alvaro Ruíz de Navamuel llamando al Inca tras el bautismo Pablo Topa Amaro. Después decapitaron o ahorcaron a sus capitanes, entre lamentos y llantos de la multitud que llenó la plaza.

     Su cuerpo fue enterrado sin cabeza en el templo de Santo Domingo, construido sobre los muros del templo del Sol o Qorikancha; y se celebraron solemnes funerales por su alma en la catedral del Cusco, en los cuales el virrey vistió de luto riguroso por su víctima.

    La cabeza del Inca quedó expuesta durante varios días en la plaza de Armas “para escarnio público”. Pero al ver que la población nativa se postraba ante ella, el virrey ordenó que fuera depositada en la cripta de la iglesia de Santo Domingo junto al cuerpo.

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    Desaparición y olvido de Hatun Vilcabamba

    El ejército que conquistó la capital sagrada inca de Vilcabamba encontró serias dificultades para el suministro al haber sido destruidos todos los almacenes de alimentos.

    Hurtado de Arbieto nombró alcalde de Vilcabamba la Grande al capitán Francisco Camargo de Aguilar, el cual mantuvo durante algunos años una pequeña guarnición alojada en la casa del Sol para que aquel lugar estratégico y simbólico no volviera a convertirse en un foco rebelde. Pero aquel lugar, de acceso tan difícil, no era adecuado para sus proyectos de ocupación del territorio, por lo que los españoles abandonaron Hatun Vilcabamba y la vegetación cubrió los restos de la última capital del último Inca.

    Habían fundado un poblado llamado San Francisco de la Victoria de Vilcabamba como capital de la nueva gobernación a medio camino entre Pucyura y Chuquichaca, cerca de Oyara, con pobladores autóctonos y otros traídos desde Cusco para el servicio de los españoles. Si bien poco más tarde se trasladó esta capital a otro emplazamiento, cerca del nacimiento del río Vilcabamba, porque era más adecuado para sus planes de explotación minera. Fundada con San Francisco de la Victoria de Vilcabamba, conocida actualmente como Vilcabamba la Nueva.

    El virrey nombró a Hurtado de Arbieto Gobernador Capitán General y Justicia Mayor en el territorio de la nueva provincia, con una renta anual de dos mil pesos de plata y una guarnición militar para prevenir  futuros levantamientos. Le autorizó a repartir tierras en Vilcabamba y “encomendar indios” a quienes habían participado en la conquista, siempre que estuvieran dispuestos a residir en aquel territorio. Entre los españoles que se instalaron en Vilcabamba se repartieron, de acuerdo con sus méritos militares, mil quinientos indios de la región para  explotación de sus haciendas.

    El cañari Francisco Chilche recibió como recompensa varios lotes de tierras y la mano de la princesa Paula Cusihuarcay, la cual le emparentaba con el linaje de los incas de Vilcabamba. Y el virrey eximió de pagar tributos a los indios que habían colaborado en el castigo a la “rebelión de los incas de Vilcabamba”.

    Hurtado de Arbieto promovió varias expediciones para ampliar su gobernación hacia el norte. No encontró dificultades en los territorios amazónicos que con anterioridad habían conquistado los incas y estableció buenas relaciones con los manaríes, pero encontraron una fuerte resistencia en la tribu de los pilcozones o pilcosuni. Para intentar someterlos Hurtado de Arbieto reunió en 1582 a sesenta españoles dos sacerdotes jesuitas y un grupo numeroso de nativos de apoyo, pero la expedición fue un fracaso; los rápidos del río Urubamba y los pilcozones acabaron con la vida de muchos.

    Al año siguiente Hurtado de Arbieto intentó de nuevo atacar a los pilcosuni con setenta españoles, ciento cincuenta indios amigos y veinte manaríes aliados. Esta vez navegaron río abajo por el Apurímac ciento cincuenta leguas. Tomaron posesión del territorio y construyeron una comunidad llamada Jesús protegida por una empalizada, pero al cabo de unos meses fueron atacados y el asentamiento español incendiado. Hurtado de Arbieto con múltiples heridas y un puñado de supervivientes consiguieron escapar y llegar hasta Huamanga.

    Ambas expediciones fallidas costaron más de 80000 pesos y dejaron a Arbieto arruinado y endeudado. Y a partir de 1585 los españoles perdieron interés en  ocupar nuevos territorios selváticos en el actual territorio de La Convención y se concentraron en la explotación de los ya conquistados. Y para consolidar su posición cedieron tierras en aquel territorio a grupos de indios aliados, especialmente cañaris, desplazados voluntariamente desde Cusco para repoblar territorios que habían quedado despoblados por la guerra en torno a Machu Picchu y al nevado Salcantay.

              Al principio se creyó que las minas de plata y oro  convertirían a Vilcabamba en un emporio minero. Pero al poco tiempo se comprobó que el metal escaseaba y la actividad minera decayó rápidamente. Martín Hurtado de Arbieto intentó organizar la explotación de sus yacimientos mineros, principalmente, los señalados por doña María Kusi Warkay, viuda de Sayri Tupac, con la esperanza de crear un centro minero “tanto o más importante que la Villa Imperial de Potosí”. Pero no consiguió hacer rentables las explotaciones mineras y en 1596 el pueblo  de San Francisco de la Victoria de Vilcabamba había quedado despoblado. Para salvarlo de su ruina y desaparición fue traslado con el mismo nombre a la Villa Argete, ubicado en el paraje de Onqoy, cercano a las  minas de Waman y Wamanape.

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                                              Vilcabamba la Nueva en la actualidad

    Años después se produjo un alzamiento de los esclavos negros dirigidos por Chichima, un jefe de los Pillkosuni que destruyó los locales y cañaverales de los valles de Vitcos, de Quillabamba y Amaybamba. Según documentos recopilados por el historiador peruano Edmundo Guillén Guillén, Vilcabamba quedó tan deshecha y despoblada por esta revuelta que “en 1650 sus rentas no alcanzaban ni para pagar a los curas doctrineros de sus pueblos”.

     En 1683 hicieron un nuevo esfuerzo para restaurar sus recursos mineros, pero también resultó inútil y al  año siguiente la gobernación de Vilcabamba se extinguió de hecho y su territorio fue  anexado al corregimiento de Calca y Lares.

    En 1710 Juan Arias Topete visitó Choqquequirao, y Vilcabamba la Grande, “en la tierra de adentro y habitación principal del Inca” y menciona la existencia de minas de oro y plata en Mamanorco, Yanan Tinurio y “más adelante a 50 leguas, Yana Orqo”. Dice en un memorial que Vilcabamba la Grande, Choquequirao -cuna de oro-  Choquetiray -oro derramado- y otros lugares donde “habían trabajado los plateros del Inga”, estaban totalmente despoblados. Se entusiasmó por las vetas de oro que vio, pidió permiso para repoblar aquella olvidada región y el 20 de marzo de 1719 el virrey Castell dos Ríus le concedió los títulos de "Justicia Mayor" y "Alcalde de Minas" entre los ríos Apurímac y Urubamba, pero tampoco tuvo suerte y el territorio de Vilcabamba se despobló de nuevo.

    Con el paso del tiempo muchos propietarios españoles que habían participado en la conquista, o sus descendientes, vendieron sus tierras. Y el territorio actual de la provincia de La Convención quedó repartido en grandes haciendas, con excepción de las zonas altas de Vilcabamba y las zonas selváticas del alto y bajo Urubamba. Los trabajadores indios estaban obligados a trabajar para los hacendados doce días al mes desde los dieciséis hasta los sesenta años. Pagaban además diez pesos de tributo al año y tenían que guardar el ganado del propietario.

    Se extendió la producción de coca que era transportada en mulas a Cusco y Potosí para ser consumida por los trabajadores de las minas. Hasta que la competencia de otras zonas de producción más cercanas y la división del virreinato del Perú, arruinaron este negocio y  Vilcabamba perdió población.

    Más tarde se extendió el cultivo de caña de azúcar, planta de origen asiático llevada a América por Colón. Para ello se empleó como mano de obra en Vilcabamba a esclavos negros junto con indios forasteros, que acudían temporalmente a trabajar en los ingenios, sin traer a sus familias. Pero las zonas de Vicabamba menos accesibles quedaron deshabitadas.

    Medio siglo de guerras continuas, enfermedades traídas de Europa, escasa alimentación y  malos tratos, provocaron un gran descenso de la población en casi todos los territorios del antiguo imperio inca; y la crisis fue mucho más aguda en territorios aislados como Vilcabamba. Según los estudios de Alfredo Encinas, al final del siglo XVII la población estable en el territorio del último reino inca se había reducido a menos de mil habitantes, entre los cuales solo había cincuenta y nueve españoles. 

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