De Vilcabamba al Apurímac

    "Juan de Betanzos - Vilcabamba 2003", Nuevos descubrimientos: El camino de los fuertes, Wayna Pukara, baños y viviendas.

    Había que continuar la exploración y en julio y agosto de 2003 regresé allí, con alimentos donados por el Grupo Santiveri (www.santiveri.es), con la intención de llegar a Patibamba por la zona alta de la montaña, para comprobar que respondía a la descripción del camino de los fuertes, por el que avanzó en 1572 un pequeño grupo, mientras el grueso del ejército de Hurtado de Arbieto avanzaba por el valle.

    La Expedición estuvo integrada por

    Director: Santiago del Valle Chousa.
    Guía: Nicanor Quispecusi Palomino.
    Ayudantes: Jaime Quispe, Mario Huamán, Caetano Coyso Sucso, Ambrosio Huamán Luque, Fredy Huamán Quispe, Zaqueo Huamán. Víctor Sucso Torres.

        Exploramos una nueva ruta que nos llevó por la aldea de Porcay hasta Totora por un camino inca con largas escalinatas.

        Tuvimos que prescindir de caballos y mulas para explorar una estrecha senda por las montañas de la ladera izquierda del río Pampakonas.     

        Encontramos restos incas en torno a Wayna Pukara. El camino de los fuertes del que dicen las crónicas que recorría a lo largo de la cuchilla, tal como se detalla en las probanzas de servicios del capitán Martín García de Loyola y de los soldados que le acompañaron en difícil asalto a Wayna Pukara.

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                                                                Wayna Pukara.

         Proseguimos la exploración descendiendo al valle que se abre tras Wayna Pucara por donde discurre el río Choquezafra y allí encontramos otros restos arqueológicos: El primero una gran escalinata oculta en la vegetación, luego algunos recintos circulares, seguramente qolqas o almacenes, luego algunos tumbas, restos de edificios. Encontramos también una cantera con bloques de piedra tallados, probablemente almacenados para obras que no llegaron nunca a realizarse. Por último unos baños incas con canalización subterránea para el agua.

    Nos acercábamos a Vilcabamba la Grande, pero había que seguir buscando.

     

             

     

    Expedición 2003

    • Regreso a Yanaorko

    LA EXPEDICIÓN

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    LA EXPEDICIÓN

           Emprendimos nuestra ruta desde Huancacalle hasta el valle de Challcha para pasar el abra Porcay que encontramos cubierta de nieve.

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          Acampamos en Porcay donde contratamos más personal.Y desde allí seguimos un largo camino ascedente hara el abra de Totora, más conocida allí como abra Dolores, con lo que de nuevo aparecía un topónimo español en un mundo en el que todos los lugares tienen nombre quechua. Pensé que aquel nombre tenía que tener una explicación; y que tal vez pudo ser por allí el largo y sacrificado camino que Tito Cussi obligó a recorrer a los frailes cuando los llevó hasta Marcanay, a las puertas de Hatun Vilcabamba.

        Las escalinatas incas del abra Dolores superan un desnivel de más de quinientos metros hacia el valle de Totora con vericuetos y largos tramos escalonados. Una importante estructura inca que no estaba registrada todavía en el catastro arqueológico del distrito.

        Nos detuvimos en un rellano llamado Samana Pampa, que significa “pampa de descanso”; donde había restos de un antiguo tambo con curiosas piedras talladas que servían de cómodos asientos.

        Nuestros guias de la comunidad campesina de Totora me explicaron  explicó que el apu del valle de Totora era el Cerro Artesión; que el apu de Porcay era el Cerro de Tocococa; y que el Nevado Choquezafra era el apu principal, el más importante. A pesar de que estaba más alejado y  no era visible desde aquellos valles.

        Sabíamos que las dificultades irían en aumento y pronto tendríamos que prescindir de caballos y mulas.

        El Nevado Panta destacaba entre otros por su altura, pero es el apu principal solamente para la zona de Arma. El Choquezafra es el apu principal para todo el distrito  me lo confirmaron el teniente gobernador de Totora, Mario Huamán, y también Cayetano Coyso, presidente de la comunidad campesina y su vicepresidente, Ambrosio Huamán Luque.

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    Tras superar un tramo de camino muy estrecho paramos a descansar en un lugar llamado Sacsara Moco, que es un antiguo tambo en una posición estratégica. Había una amplia vista sobre el valle y a medida que ascendíamos se extendía la mirada sobre una sucesión de montañas que se fundían con el cielo hacia la selva amazónica.     

           Un poco más arriba llegamos a otro angosto paso llamado Tablada Casa donde el sendero se bifurcaba en dos caminos. Uno de ellos descendía hacia la izquierda en dirección al Nevado Choquezafra. El otro camino se perdía en la vegetación en dirección al valle del río Rangahuayco, o río Choquezafra. Parecía uno de los caminos que conducían a Vilcabamba, adonde según Murúa llegaban dos principales: uno  descendía de la cordillera de Vilcabamba y otro venía por el valle de Pampaconas.

           Seguimos caminado por la cuchilla rocosa y fue necesario levantar en vilo las mulas con sus cargas para ayudarlas a superar los pasos más difíciles. Aquella cumbre pedregosa llamada Markapata, con 4152 m.s.m., era la más elevada de la cadena rocosa que desde allí descendía en dirección al oeste hacia Yanaorqo, donde habíamos excavado el año anterior. Hacia el norte había una sucesión de valles cubiertos de niebla y montañas que iban perdiendo altura a medida que se aproximaban a la gran llanura amazónica.

              Yo buscaba un acceso hacia Vilcabamba por la alturas,  donde esperaba identificar el “camino de los fuertes”, por el cual avanzó un reducido grupo de españoles conquistando las fortalezas incas en las alturas. Mientras que el grueso del ejército en su ataque a Vilcabamba la Grande avanzó por el fondo del valle siguiendo el río Pampaconas, por la ruta que habíamos recorrido en nuestras anteriores visitas a Patibamba.

                Frente a nosotros había un repecho rocoso con una posición estratégica sobre el valle llamado Chaquiloma que conserva restos de construcciones defensivas, con muros derruidos, semienterrados y agua en abundancia. Mario y Caetano habían llegado hasta allá en una ocasión persiguiendo a un oso, pero ningún vecino de la zona había recorrido nunca el camino que nos aguardaba.

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    Hacia el oeste se veía la silueta de Wayna Pucara y la larga y abrupta ladera por la que teníamos que trazar nuestra ruta. Al fondo se adivinaba el profundo valle del Apurimac y tras él las montañas de Ayacucho.

    Al final del día acampamos en lo alto en una pequeña planicie frente al imponente Choquezafra.  

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            Algunas nubes algodonaban el cielo azul intenso y el apu mostraba su grandeza tras los profundos barrancos.

           Las características del terreno y la sucesión de restos arqueológicos confirmaban que toda la cuchilla  estuvo fortificada “en legua y media”, tal como la describió Murúa.

          Aquel sendero estratégico coincidía con la descripción del llamado camino de los fuertes que dominaban el valle. Allá abajo, a nuestra derecha, se divisaba el camino junto al río Pampaconas que había recorrido en mis tres visitas anteriores a Patibamba; por donde avanzó el grueso del ejército de Martín Hurtado de Arbieto en junio de 1572. Tomé notas y fotografías de los restos de antiguos muros que fueron la última esperanza de los habitantes de Vilcabamba la Grande.

            Más adelante encontramos nuevas señales del paso del oso, excrementos muy oscuros porque había comido carne, tal  vez de la misma vaca cuyos huesos vimos antes.

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           Iniciamos el descenso para explorar el valle del Rangahuayco. Había cuatrocientos metros de desnivel por una ladera muy empinada cubierta por completo de bambúes tupidos.Al llegar abajo encontramos una explanada cubierta de vegetación muy densa y acampamos  cerca del agua sobre arena. Había muchas piedras en torno al cauce, fruto de los huaycos que sobre todo en el deshielo provocan avalanchas desde lo alto del Choquezafra. Aquel río, según la carta geográfica del IGP, se llamaba Rangahuayco. Ranga en quéchua significa lugar pedregoso, y huayco avalancha procedente de un nevado.

          Encontramos andenes cubiertos de vegetación y una pequeña explanada a diez o quince metros de altura sobre el nivel del río. Seguimos explorando y vimos más muros y restos de un camino empedrado hasta un lugar donde el derrumbe de unas rocas impedía el paso. Estudiando la situación sobre mi mapa concluí que aquel camino era seguramente la prolongación del que descendía hacia el valle desde lo alto de Tablada Casa.

             Tras el desayuno fui con un grupo a ver la pampita que habían localizado río arriba y encontramos varios recintos derruidos y un muro de dos metros de altura por unos veinte de largo. Había un amplio canal protegido con piedras, una escalera muy bien conservada y varias estructuras enterradas.

          Abriéndonos paso entre la vegetación encontramos un recinto de piedra que parecía ser los restos de unos antiguos baños. Se conservaban los muros y todavía llegaba agua por una canalización bajo tierra. Era un nuevo indicio de que cerca de aquell lugar habían vivido personas de alto rango. Junto al río encontramos una escalinata de piedra muy bien conservada.

          Encontramos un curioso lugar al borde del camino en el que había piedras talladas que  habían sido apiladas con cuidado. Deduje que era el almacén de una cantera donde tenían material preparado para alguna construcción que debió quedar interrumpida por la invasión de la tropa española.

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    Durante la noche se acercó un puma al campamento.  Aunque su cercanía impone respeto el puma andino no es peligroso para personas adultas, aunque puede atacar a niños pequeños. Es más agresivo el jaguar, que habita en zonas de selva baja y tiene mayor tamaño.

        Continuamos avanzandohacia el oeste por el camino del oso que seguía la cuchilla, pero no era fácil. Había ramas muy grandes y raíces en el camino que nos obligaban a emplearnos a fondo con los machetes o avanzar penosamente agachados. Estábamos ya muy cerca de Wayna Pucara. Al poco encontramos un recinto cuadrado con muros de piedra.

         Acampamos en un reducido espacio y al amanecer por suerte ya no llovía. Seguimos abriéndonos paso por la cuchilla de la montaña que se iba estrechando. Nos aproximábamos a una cresta rocosa como la  descrita en las crónicas: cuatro grandes peñascos unidos por una estrecha cuchilla con barrancos a ambos lados.

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           Y un gran muro de piedra con una grieta que respondía perfectamente a la descripción histórica de Wayna Pucara, la joven fortaleza que protegía Vilcabamba la Grande.

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              Al día siguiente descendimos hasta una chacra que tenía Cayetano en la parte baja cerca del río Pampaconas, donde nos mostró los restos prehispánicos que había visto en su terreno: andenes semienterrados y una estructura circular de dos metros de diámetro, con muros semienterrados que sobresalían sesenta centímetros del suelo. Una tumba saqueada. Otra confirmación de la gran riqueza arqueológica de aquella zona, cuyo clima coincidía con la descripción que hizo Martín de Murúa del de Vilcabamba la Grande, donde “ se sembraban productos de sierra y costa: coca, ají, algodón, maíz, cañas dulces, pastos etc. Y, que en los bordos y traseras de las casas -como en España- las abejas hacían sus panales de miel”.      

    AVENTURA EN LOS RAPIDOS DEL APURIMAC

    AVENTURA EN LOS RAPIDOS DEL APURIMAC

             Habiamos caminado desde Huancalle hasta Patibamba siguiendo un nuevo camino en la montaña: el camino de los fuertes. Y en esta ocasión en vez de regresar por  Pampaconas hacia el este, quería completar la travesía de Vilcabamba y salir hacia el oeste por el río Apurímac hacia Ayacucho.

            Nos pusimos en marcha pasando por Naranjal, donde había una colonia de gallitos de las rocas,  y acampamos en Amara.

          En una mañana soleada llegamos a Nueva Esperanza. Mirando atrás, hacia el este, se divisaba en la distancia la silueta de Yanaorqo y las crestas de las montañas que habíamos recorrido durante los últimos días.

            El río Pampaconas en su tramo final hace honor a su nombre, que en quechua significa llanuras. Discurre tranquilo por el más ancho valle que conocí en todo el distrito de Vilcabamba, y se junta con el Apurímac en un engañoso remanso a ochocientos metros sobre el nivel del mar llamado Encuentro conocido. Un paraje rodeada de montañas y despoblado excepto cuando llegaban los botes; un acontecimiento que atraía a varias docenas de personas que solo era posible cuando el Apurímac bajaba con poca agua.             

           En la playa de arena y cantos rodados descansaban los dos botes que habían remontado el río por la mañana para recoger sacos de café y pasajeros. Embarcaciones de madera de unos quince metros de eslora, sin cubierta, con una par de  motores fueraborda amarrados en la popa, con tripulaciones compuestas por un motorista experto en los rápidos y varios ayudantes a las órdenes de los boteros que eran los propietarios de cada una de las lanchas. Me pidió veinte soles por el viaje hasta San Antonio y acomodé mi mochila entre los sacos de café.

    La bajada por el Apurímac resultó emocionante y peligrosa con las barcas tan cargadas. Comenzamos una plácida navegación con los motores al ralentí aproximándonos al final de aquel remanso donde se estrechaba el valle y el agua hervía en rápidos muy fuertes entre paredes de roca casi verticales. El motorista giró la embarcación ciento ochenta grados y dejó que la corriente nos arrastrara de espaldas. Yo hubiera pensado que el motorista se había vuelto loco, pero me tranquilizó observar que los viajeros habituales no se inmutaban, consideraban de lo mas normal aquella arriesgada maniobra.

    Nuestra embarcación avanzaba de popa con velocidad creciente hacia el acantilado y nadie parecía preocupado. Estábamos ya a punto de estrellarnos cuando rugieron los motores con toda su potencia, lo que redujo nuestra velocidad y giró un poco la embarcación, pero la fuerza del agua seguía arrastrándola de costado contra el peñasco. En el último momento dos ayudantes apoyaron pértigas de madera contra la pared de piedra y evitaron que la lancha se golpeara mientras la corriente nos llevaba rio abajo entre un mar de espuma.

              En medio del cauce había dos grandes peñascos de cuarzo blanco inmaculado lamido por un oleaje tan fuerte que los viajeros nos mojamos, pero nadie se sorprendía. Aquel viaje vertiginoso en canoas de madera era más emocionante que el mejor parque de atracciones, haría feliz a cualquier empresa de deportes de aventura. Pero no era una diversión, sino lo normal o lo inevitable, el único transporte posible para los que vivían en torno al gran cañón de aguas turbulentas del río Apurímac.

    Hubo otros pasos difíciles. En uno de ellos una ola barrió la embarcación y me dejó empapado aunque llevaba puesto un poncho impermeable. La temperatura era baja y a ratos llovía pero ya había pasado lo peor, me dijeron. De acuerdo con el mapa de Luis Millones estábamos navegando por el antiguo territorio del misterioso Zapacati, donde intentaron ocultarse algunos miembros de la familia real de Vilcabamba con la imagen de oro de Punchao y otros tesoros.

    Tras un recodo del río apareció una pequeña ensenada de aguas tranquilas. Estábamos llegando a Capiro, el primer embarcadero en aquel largo cañon con paredes de roca y aguas turbulentas. Observé que por la margen derecha una hilera de indígenas bajaba racimos de plátanos por un sendero escalonado en la pared de roca casi vertical. La embarcación se detuvo y enseguida escuchamos una voz desde lo alto en tono imperativo que impuso silencio a todos:

    Proseguimos el descenso con varias paradas para intercambiar cargas en pequeñas aldeas y tras siete horas de viaje arribamos a San Antonio cuando se ponía el sol. Allí tomé una combi hasta Huamanga, la capital de Ayacucho, para volar desde allí hasta Lima.

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    2020 © Santiago del Valle Chousa