Despoblado territorio de los simios

    "Vilcabamba 2007"

    En julio y agosto de 2007, con apoyo alimentario del Grupo Santiveri (www.santiveri.es), nos internamos de nuevo en Vilcabamba. Encontramos nuevos restos incas y ampliamos las exploraciones en torno a los misteriosos valles del Choquezafra y Lugargrande, rodeado de cataratas.

    Estudiamos mejoras en los accesos y nos preparamos para organizar al año siguiente las primeras excavaciones y proseguir la identificación de las estructuras de la capital perdida ocultas por la vegetación selvática.

    Integraron la expedición:

    Director: Santiago del Valle Chousa.
    Arqueólogo Director: Fredy Ccopa Irco.
    Arquitecta: Angeles Novás Fernández.
    Operador de cámara: Cristopher Lunavictoria.
    Especialista montaña: Darío del Valle Chousa. Guía: Nicanor Quispecusi Palomino.
    Ayudantes: Elvin Yucra Aguila, Felipe Quispicuzi Quispe, David Quispicusi Condori, Raul Quispicusi Condori, Atilio Quispicuzi Cobos, Ivan Quispicuzi Cobos, Justiniano Vargas Uimere.

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    Lugargrande y la capital Inca perdida

        De nuevo en 2007 con caballos y mulas llegamos hasta Patibamba, cruzamos el río Pampakonas y acampamos en la chacra de Leocadio Huamán, quien nos recibió afectuosamente en quechua.

        Con el arqueólogo Fredy Ccopa estudiamos de nuevo los restos de Marcanay buscando a partir de allí el antiguo camino para voltear la montaña. La palabra “marcana” en quechua indica un lugar de paso a una zona a la que estan vedados otros accesos. Aquel lugar había sido el principal acceso a Vilcabamba la Grande, de acuerdo con las descripciones de los cronistas.

           Se incorporaró a nuestro grupo un campesino que vivía a cuatro horas de camino de allí, Felipe Quispecusi, con sus hijos David y Raul, para ayudarnos a transportar las cargas y a abrir un nuevo camino entre la vegetación que nos permitiera llegar a los valles de Rangahuayco y Choquezafra sin tener que caminar sobre las rocas entre las cataratas del desfiladero de Pintobamba y sin arriesgarnos a crecidas repentinas del río ya que el tiempo estaba lluvioso.

        Para ello trasladamos el campamento más al oeste a una chacra abandonada con una modesta cabaña entre la selva junto a un descuidado manantial, con árboles variados: cafetos, plátanos y aguacates. Estaba a mil quinientos metros de altitud cerca del río Pampaconas y era un lugar agradable como campamento base. No conocíamos el nombre del lugar yo lo bauticé Yunkawasi, que significa en quechua “casa del valle”.

         Comenzamos a explorar la montaña con la ayuda de nuestros guias y al cabo de dos días encontramos un paso por un lugar conocido como el abra Chalán, a 1955 metros de altitud. Desde allí abrimos una trocha para descender por el barranco hasta el valle de Rangahuayco.

         El descenso era muy empinado y en algunos tramos teníamos que agarrarnos a los árboles para no rodar por la ladera. Acampamos cerca de la gran catarata que ya conocíamos de años anteriores y al día siguiente cruzamos el río sobre un precario puente de troncos y trasladamos el campamento hasta la explanada pedregosa de Rangahuayco. Allí preparamos nuestro campamento base para comenzar la exploración.

         Nos pusimos en marcha temprano y poco antes de la tres de la tarde  acampamos a 2513 msm. Intentabamos explorar hasta la cabecera del río Lugargrande. En algún lugar de aquella zona abrupta podía estar el  corazón de la ciudad perdida. Habría que comprobarlo macheteando y abriendo senderos entre los barrancos con la ladera en algunos tramos casi vertical y vegetación muy densa que dificultaba mucho la orientación. 

          Estaba todo mojado y resbaladizo porla  lluvia intermitente. Había que tener mucho cuidado porque había tramos peligrosos y un profundo barranco, en cuyo fondo resonaban las aguas del río saltando sobre las rocas.           

           El dieciséis de julio amaneció con la incertidumbre propia de la última jornada de exploración. Remontamos el curso del río Lugargrande caminando por la orilla, poniendo piedras y arena en las rocas más resbaladizas, cruzando al otro lado cuando fue necesario para evitar las  empinadas laderas rocosa, de las que surgían torrentes de agua, manantiales o alguna catarata que volaba desde lo alto. A veces el cauce se estrechaba mucho y el rio se abría paso entre grandes peñas en las que la fuerza del agua había tallado caprichosas esculturas.

          Empezamos la ascensión escalando las rocas que bordeaban el cauce y después abriéndonos paso entre la vegetación con los machetes hasta que mi altímetro marcó tres mil doscientos metros. Al día siguiente emprendimos el regreso desde el río Lugargrande hacia el campamento base fatigados por el esfuerzo pero disfrutando del paisaje y de la belleza de la vegetación selvática.

         Descansamos en la explanada de Maranchacioc, yo aproveché para hacer un nuevo reconocimiento y el resultado compensó todos los esfuerzos.  Entre la espesura vegetal había otros recintos circulares que no habíamos visto hasta aquel momento. Estaban tan agrupados que pensé que aquello si que parecía ser el núcleo de la ciudad inca perdida. De nuevo en el último momento la Pachamama nos regalaba una pista fundamental que nos invitaba a volver otro año.

         Emprendimos el camino de regreso a través de la gran catarata de Rangahuayco y del Abra de Chalán transportando en dos jornadas nuestro equipaje hasta la chacra de Yunkawasi, donde nos dimos un baño refrescante en el río Pampaconas y celebramos una entrañable cena de despedida.

        Al día siguiente llegaron los arrieros con mulas y caballos para recogernos y acampar Toroc para continuar viaje al día siguiente subiendo la fuerte pendiente de mil metros de desnivel que lleva a Ushnuyoc. Poco antes del Abra junto al camino había una caseta de madera de un campesino que vivía un poco más arriba. Y en cuanto vio que nos deteníamos bajó corriendo por la montaña para abrir la puerta y ofrecernos cerveza, gaseosa, o cañazo.

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          Nos dijo que un poco más arriba había restos de edificios antiguos. Subimos a comprobarlo y encontramos los muros semientrerrados de tres recintos cuadrados, aparentemente incas. Estaban ubicados en una pequeña explanada estratégica elevada desde la que se veía perfectamente el apu Choquezafra. También se divisisaba desde allí la zona de la ladera de Maranchaioc, sobre el valle de Lugargrande, en la que había identificado aquel conjunto de recintos agrupados. Continuamos el viaje de regreso muy satisfechos porque  parecía que por fín habíamos encontrados los primeros restos del núcleo de Hatun Vilcabamba.

          Habría que regresar al año siguiente para ponerlos a la luz.

     

    Extraños en el planeta de los simios makizapas

          El viernes trece de julio nos pusimos en marcha temprano y poco antes de la tres de la tarde llegamos a la explanada de Maranchaioc a 2513 msm para explorar aquel territorio despoblado.

          Dos de nuestros guías locales, los hermanos Huamán encontraron en su camino un grupo de  veinte o treinta grandes monos negros, algunos de ellos con sus crías, que les rodearon amenazantes chillando y enseñando los dientes. Ya no eran los pequeños monitos que habíamos encontrado el dias anteriores, sino makizapas, lo que significa “brazos largos”.

            Dos días más tarde David Huamán bajó hasta el campamento base para recoger alimentos y regresó al final de la tarde con "un susto tremendo". Le había rodeado un grupo de veinte o treinta makizapas negros en actitud muy agresiva. Él llevaba su honda, les gritó y les lanzó algunas piedras, pero los monos no se asustaron, siguieron enseñándole los dientes y agitando sus largos brazos.

        Cuando dos grandes makizapas echaron pie a tierra y comenzaron a caminar hacia él, sin asustarse de sus gritos ni de sus pedradas, decidió que había llegado el momento de huir corriendo montaña abajo.

        David conocía muy bien a aquellos animales y nunca los había visto tan agresivos. Era un mocetón de gran fortaleza física acostumbrado a vivir y caminar en la selva que no iba a asustarse fácilmente por el chillido de unos monos. 

          Los makizapas por lo general suelen chillar o agitarse si los humanos entran en su territorio, pero se alejan de la gente. Aunque se cuenta en la selva que un makizapa agresivo es muy peligroso porque, según dicen, puede estrangular a un hombre si le aprisiona el cuello con su larga y musculosa cola. Sea realidad o leyenda selvática, imaginé que llegada una situación extrema podría ser realmente muy difícil defenderse del ataque de un makizapa adulto enfurecido.

           Tal vez aquella tribu de simios no hubiera visto nunca a un humano, o puede que  hubiéramos invadido su territorio en un momento delicado en el cuidado de sus crías. El caso es que nadie del equipo había visto nunca makizapas tan agresivos y alguno comenzó a pensar que la extraña actitud de aquellos animales podía ser una advertencia de la Pachamama porque estábamos buscando antiguos recintos en aquel sitio que despoblado tanto tiempo. Tal vez varios siglos.

        No fue facil tranquilizar a los más asustados. Pero yo pienso que la Pachamama no estaba digustada con nosotros. Habíamos hecho el preceptivo pago a la Madre Tierra y al día siguiente de este incidente con los monos conseguimos un gran hallazgo: la ubicación del núcleo principal de Hatun Vilcabamba.

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    Restauración arqueólogica en Pampaconas

    Al llegar a Pampacona en 2007 tuve un motivo de alegría.

    La gran plataforma ceremonial que nosotros identificamos diez años antes el la expedición Juan de Betanzos 97 habían sido restaurados por el Instituto Nacional de Cultura del Perú.

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    Una gran satisfaciónl. La limpieza y restauración había tardado diez años desde que junto con la historiadora María del Carmen Martín Rubio y el arqueólogo Octavio Fernandez informamos del descubrimiento de aquella gran estructura inca. Cuyas descripciones en las crónicas nos permitieron identificas aquel sitio como la llacta inca de Pampaconas. Donde se celebraron importantes negociaciones; y donde se preparó el ataque final a Hatun Vilcabamba.

     

    2020 © Santiago del Valle Chousa