Nuevos hallazgos

    Expedición "Juan de Betanzos - Vilcabamba 2001"

    En Noviembre de 2001 continuamos las exploraciones en busca de la capital perdida de los Incas en el distrito de Vilcabamba.

    Contamos con alimentos de Casa Santiveri (www.santiveri.es) y con la colaboración del Instituto Nacional de Cultura de Cusco, cuyo Director Departamental en Cusco, Edwin Benavente, designó como representante oficial al arqueólogo Luis Guevara y aportó un vehículo para viajar desde Cusco hasta el distrito de Vilcabamba.

    Esta expedición estuvo integrada por:

    Director: Santiago del Valle Chousa.
    Arqueólogo: Luis Guevara Carazas.
    Guía: Nicanor Quispecusi Palomino.
    Ayudantes: Narciso Condori, Pedro Huamán, Jerónimo Huamán.

     RESULTADOS

                Realizamos nuevas prospecciones en la montaña situada sobre Patibamba, conocida por los campesinos como Mesada, y fue especialmente reveladora la identificación de restos de un camino inca que seguía la cuchilla, oculto bajo un espeso manto de restos vegetales. Nos llevó a una cima singular llamada Yanaorko, o “Cerro Negro”, estratégicamente ubicado entre los valles de los ríos Pampakonas y Choquezafra. En torno a la cima había restos de muros ocultos entre la vegetación.

     

    COMO LO HICIMOS

                 Yo estaba convencido de que los restos que encontramos en 1999 entre la vegetación selvática en la ladera de la montaña sobre el valle de Patibamba tenían gran importancia, porque aquel lugar y su toponimia coincidían exactamente con las referencias a Hatun Vilcabamba, o Vilcabamba la Grande, en antiguos documentos. Pero no era fácil conseguir financiación para una aventura tan incierta y me decidí a viajar solo y con poco dinero. Unos años antes hubiera sido una locura, pero ya conocía bastante bien aquella zona y tenía allí algunos buenos amigos.

                En el vuelo de Lima a Cusco cuando se inicia la maniobra de descenso se puede ver a la izquierda la sierra de Vilcabamba. como en esta imagen.

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               A la derecha en la fotografía el nevado Azulcocha y a la izquierda el Choquezafra, el Apu Principal, la gran montaña sagrada  y. tras él las nubes que cubrían nuestra zona de exploración. Estábamos ya en noviembre y pegué la cara a la ventanilla intentando adivinar lo que nos esperaba allá abajo. Me preocupaba mucho la lluvia, no sólo por la incomodidad de acampar o abrirnos paso en la selva con mal tiempo. Podía frustrar mi aventura porque cuando la lluvia es intensa algunos arroyos se transforman en torrentes muy peligrosos o en barreras imposibles.

              Yo pretendía que un arqueólogo del Instituto Nacional de Cultura me acompañara en l expedición para mostrarle los caminos incas y los recintos que habíamos encontrado en años anteriores. Estaba como Director, el arquitecto Edwin Benavente. La expliqué el objetivo de mi exploración sobre una fotografía aérea del Instituto Geográfico del Perú. Le pedí que me facilitase un transporte hasta Huancacalle y que designara un arqueólogo del INC para que me acompañara. Yo me comprometí a hacerme cargo de todos sus gastos y a facilitarles mapas, documentos históricos y fotografías de expediciones anteriores. Designó para salir de inmediato al arqueólogo Luis Guevara Carazas. 

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    EL SUEÑO DEL ARQUEÓLOGO

    Luis Guevara Carazas. pese a sus apellidos españoles tiene rasgos y corazón quechuas. Cuando nos presentaron me contó que, horas antes de que le hubieran dicho nada, él ya sabía que iba a tener un largo viaje, porque aquella noche había soñado con sogas anudadas lo cual, según la tradición andina,  siempre anuncia viajes imprevistos.

    En mis sueños no había sogas, solo una pesadilla la climatología adversa. Esa noche en Cusco me despertó una terrible tormenta y lo que mas temía era el comienzo de las lluvias porque si subía mucho el nivel del río Pampaconas sería inviable la expedición.

    Al día siguiente Guevara me dijo que no había que preocuparse, su madre era infalible en sus pronósticos y había soñado que todo iría estupendamente. Además él mismo había consultado con los apus y le prometieron que tendríamos buen tiempo, me aseguró. Y poco después, ya saliendo de Cusco, el conductor del INC que nos llevaba me dejó boquiabierto cuando, sin saber nada del sueño de Guevara, nos contó que él había adivinado esa noche que iba a viajar porque soñó también con sogas anudadas. Me relajé en mi asiento y disfruté del paisaje pensando que con tantas garantías oníricas no había ningún motivo para estar preocupado.

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    NUESTRA EXPEDICION

             El puente Chaullay sobre el Vilcanota estaba ya reconstruido y en ocho horas de viaje llegamos desde Cusco hasta Huancacalle. Desde allí llegamos hasta Patibamba en tres días de camino que, como siempre, fueron un regalo para los sentidos. Largas horas de paseo a caballo disfrutando del silencio de las montañas, la vegetación y las aves exóticas; con tiempo para charlar con los dos amenos conversadores que me acompañaban, Nicanor y Guevara.

             En esta ocasión el río Pampaconas bajaba crecido y acampamos en Patibamba junto al cauce. A  mil quinientos metros de altitud, la vegetación es abundante y la fauna muy variada. Bandadas de papagayos aparecían donde menos se esperaba, pero había sorpresas menos agradables. Por la mañana una de las mulas tenía dos grandes manchas de sangre en cuello y  lomo.

              Entre las dos mil especies de murciélagos que hay en el mundo sólo tres se alimentan de sangre. Una de ellas, que con las alas plegadas abulta poco más que un puño, vive en algunas selvas del Perú. Atacan al ganado y también a las personas que queden dormidas en la selva sin protección, mordiéndoles en los pies, en las orejas o en la nariz. Sin despertar al durmiente por las propiedades anestésicas de su saliva, lamen la sangre que mana de la herida hasta llenar su estómago, con grave riesgo de infecciones peligrosas, especialmente la rabia.

              De mañana localizamos un vado por el que las mulas pudieron cruzar el río Pampaconas y ascendimos por la empinada ladera de la orilla izquierda para llegar a las tierras de don Leocadio Huamán, quién nos recibió en su cabaña como a viejos amigos. Nos abrazamos y le invité a compartir unas hojas de coca y un poco de ron que reservaba para el momento.

                Estaba muy contento y nos ofreció un concierto de quena, en el que tuve el honor de acompañarle con su viejo tambor. Casi nunca recibía visitas. ,

              De mañana iniciamos la ascensión a la montaña con la ayuda de dos hijos de don Leocadio: Jerónimo y Pedro; y de un campesino de Ushnuyoc llamado Narciso Condori. Subimos hasta Laura Marca, o Marcanay, abriéndonos paso con los machetes y ayudándonos con las manos para superar la pendiente. Junto con Guevara estudiamos los recintos y tumbas saqueadas que habíamos fotografiado allí dos años antes y proseguimos nuestra ascensión.

             Al cabo de varias horas de lento avance entre la espesura de bambúes y helechos bajo una intensa lluvia aprovechando un lugar en el que la pendiente era menos pronunciada, habilitamos una pequeña plataforma hecha con troncos y ramas amarrados con cuerdas para montar la tienda precariamente y dormimos apretujados.   

           Al día siguiente proseguimos nuestra exploración, encontramos dos conjuntos funerarios y pudimos ver a nuestra derecha la forma singular de la montaña que había llamado nuestra atención desde abajo, Yanaorqo , o  Cerro Negro, a 2600 m.s.m rodeada de barrancos y valles muy profundos.

                La maraña de troncos y raíces que estábamos pisando era tan gruesa que a veces ni clavando un machete hasta la empuñadura se alcanzaba el suelo. Para orientarnos había que subir de vez en cuando a un árbol.

           El interés estratégico de aquel lugar era evidente, dominaba los dos valles, Patibamba y Pintobamba; así como la continuación del valle del río Pampaconas en dirección al oeste hacia el Apurímac. Desde allí con señales luminosas o de humo sería  posible comunicarse incluso con las montañas de Ayacucho, al otro lado del gran río Apurímac.

           Cesó la lluvia de pronto y pudimos ver una zona un poco más limpia de vegetación que, según nuestros guías, parecía “el camino de un oso”, un precario sendero abierto por las pisadas del gran plantígrado andino conocido como oso de anteojos. Guevara trazó un rectángulo en medio del sendero del oso y pidió a Pedro y a Jerónimo que lo limpiaran con los machetes. Tras escarbar treinta centímetros en la alfombra vegetal aparecieron piedras agrupadas.

    !!Es un camino inca¡¡  gritó Guevara.

         El suelo empedrado de un camino inca, había frenado el crecimiento de la vegetación y era aprovechado por el oso para sus desplazamientos.

         Siguiendo el camino del oso unos cincuenta metros hacia el oeste encontramos un fuerte desnivel en el terreno y comprobamos que la vegetación ocultaba un muro de piedra. Más adelante aparecieron otros cuatro. Parecían círculos concéntricos en torno a la cima del gran Cerro Negro, Yanaorqo, que dominaba estratégicamente la cuchilla de la cumbre y los dos valles.

           Nos repartimos unas hojas de coca y antes de mascarlas soplamos respetuosamente a través de ellas en varias direcciones en agradecimiento a los apus. Tendríamos que volver con más gente y más medios para limpiar y excavar en aquel lugar, descendimos y celebramos los hallazgos con una fiesta en la cabaña de don Leocadio Huamán.

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     Al regresar a Lima conseguí una fotografía aérea del lugar en el Instituto Geográfico Nacional y quedé maravillado de la forma tan peculiar que tenía la montaña, que no habíamos podido apreciar por la densidad de la vegetación.

     Pensé que por la toponimia y las características geográficas del lugar podía estar allí Hatun Vilcabamba. En todo caso era seguro que estábamos muy cerca.

    En Cusco presentamos los resultados de nuestro viaje al director departamental en funciones, Edwin BenaventeLa toponimia, la sucesión de indicios descubiertos y las características geográficas de la ruta recorrida hasta Patibamba: todo coincidía con las descripciones de los cronistas sobre el camino de los conquistadores hacia Vilcabamba la Grande.

    Habria que regresar para comprobarlo.

    2020 © Santiago del Valle Chousa